Hay películas que dejan huella no por sus personajes ni por sus escenas, no por tener un presupuesto sencillo. Sino por contar historias que conecten con el público, que sean lo más reales posibles. Por eso traemos una de esas películas que se recuerda a pesar de los años. The Full Monty, una comedia de 1997, dirigida por Peter Cattaneo. Con unos protagonistas muy desconocidos para el gran público, Robert Carlyle, Mark Addy y Tom Wilkinson.
Nos cuenta la historia de una pequeña ciudad del norte de Inglaterra en los años 70. Muy afectada por la reconversión de su industria metalúrgica. Se han perdido muchos trabajos, familias que lo pasan realmente mal para poder llegar a fin de mes. Sus protagonistas no saben qué hacer para conseguir trabajo. Muchos ya tienen una edad, siempre han trabajado en lo mismo, ahora no saben cómo reconvertirse para encontrar un trabajo con el que pagar sus facturas. Se enfrentan a futuros muy negros, no saben cómo van a poder llevar comida a sus hogares.
El paro es el pan de cada día en un grupo de amigos que, en diferentes fases de su vida, ven cómo todas las puertas se cierran. No pueden tener unas vidas normales: problemas de pareja, con los hijos, con sus círculos de amigos más cercanos.
Dentro del pozo en el que están sumergidos se les ocurre una descabellada idea. Hacer un espectáculo de stripers, lo que ellos llaman los “stripper boys”. Un grupo similar llega a su ciudad y todas las mujeres quieren ir a verlos.
Consiguen formar un grupo entre los amigos de su barrio. Convencen al dueño de un pub, amigo de los protagonistas. Intentan organizarlo todo, pidiendo dinero para comprar los trajes. Pero durante uno de los últimos ensayos, son detenidos por la policía. Pero finalmente su amigo del pub vende más de 200 entradas. Todos se animan y hace el show, que es todo un éxito.
Es una historia de superación, de lucha contra la adversidad, contra lo que todos dan por sentado, porque ya no son útiles, porque ya no son lo que necesitan los demás. La frustración de no poder luchar contra lo establecido casi acaba con sus sueños, con sus anhelos, con sus vidas.
Por desgracia, esto lo estamos viendo constantemente en nuestro sector. Profesionales de la venta que, al llegar a determinadas edades, quedan apartados de proyectos, de gestiones, de empresas que creen que ya no son útiles para la venta, para la atención al cliente, para la dirección de equipos, para ser una pieza muy valiosa dentro de las organizaciones.
La experiencia no cuenta. Las horas dedicadas a la empresa y los clientes no valen. Las horas que nadie paga y que todos exigen tampoco. Ahora solo cuentan edades cortas, sueldos menores, poca o nula experiencia y muchos títulos colgados en la pared que solo sirven para decir “sí” a quien está al mando. Pero la calle, el mercado, los clientes no mienten, no engañan. El tiempo lo pone absolutamente todo en su lugar. Las ventas son el fruto de muchas cosas, de muchas horas de estar en la calle, de hablar con clientes, de hacer un trato adecuado, de aportar un valor añadido al cliente.
Saber estar, saber vender, saber atender al cliente, saber conocer al equipo comercial y al mercado, no se gana en dos días, no se consigue en dos amaneceres. Es algo que no te lo da un título colgado en la pared.
La verdad está ahí, en las calles, fuera de muchas oficinas, en todos los rincones de cientos de mostradores, de cientos de clientes. La verdad se puede maquillar, pero no ocultar. Si lo haces, tarde o temprano te acaba atrapando, te acaba superando y poniendo en el lugar que realmente debes ocupar.
Los protagonistas de la película lo entendieron: luchar contra todos, contra los prejuicios, contra lo que otros decían y pensaban. Pudieron saber diferenciar entre lo que se esperaba de ellos y lo que realmente debían hacer. Su baile es el de muchos. Su sueño, el de todos los que sabemos qué es vivir esa situación. Que su canción sea la nuestra. Viva Full Monty.