A veces algunas películas nos llevan más allá del simple mensaje que explican. Nos muestran que no todo está inventado, que los cambios, por difíciles que sean, son posibles, factibles, necesarios, sobre todo si se generan por la necesidad frente a la adversidad. Por eso, hoy quiero hablar del film Moneyball, dirigido por Bennett Miller y protagonizado por Brad Pitt, Jonah Hill y Philip Seymour Hoffman.
La película cuenta la historia real de Billy Beane, gerente general del equipo Athletic, que comenzó a utilizar las estadísticas avanzadas para fichar jugadores.
Beane se ve forzado a usar este método porque acaba de perder otra temporada más. Pero no solo eso: los equipos rivales le fichan los mejores jugadores del año. Sin aumento del presupuesto, sin medios, sin colaboración efectiva de su entrenador. Con un equipo de ojeadores muy chapado a la antigua. No tiene otra alternativa que apoyarse en su nuevo ayudante, un genio de las finanzas y de las estadísticas.
Quiere hacer un equipo sobre las bases ciertas de carreras y de bateos. No se fija en si es el jugador es un buen chico, o si cae bien, o si va a vender o no camisetas. Jugadores de equipo con resultados ciertos y contrastados. Todos desconfían de sus métodos, de su forma de crear el nuevo conglomerado de jugadores.
Durante las primeras jornadas los resultados no son nada buenos. El entrenador no ayuda con su forma de gestionarlo, ni siquiera colocando a los jugadores correctos en las mejores posiciones. Vende y cambia jugadores hasta conseguir el mayor récord de victorias consecutivas de la historia del beisbol, con un increíble número de 20. Todo era una gran fiesta, un gran triunfo, hasta llegar al partido decisivo. Lo pierden, no gana el título, por lo que los reproches, las dudas sobre su sistema vuelven a caer sobre él.
El dueño del equipo de Boston, los Red Sox, le ofrece un contrato millonario. Cosa que rechaza para seguir en su club. Dos años más tarde, los Red Sox ganan el título usando el sistema de Beane, demostrando que su sistema funcionaba.
Esta historia nos muestra que podemos hacer grandes equipos con las personas adecuadas. No necesitamos a los grandes vendedores de humo. Son las personas trabajadoras las que hacen equipo, las que se sienten parte de las empresas, las que forman las mejores redes de venta. Son los que hacen que las compañías pequeñas puedan luchar contra los grandes gigantes.
Cuando un líder conoce, entiende y apoya a su gente, es cuando las cosas comienzan a funcionar. No hay que tener un vendedor u otro por ser simpático o simplemente porque siempre dice que sí a todo lo que el superior le indica. No es fácil hacer un home run.
Hay que buscar la eficiencia en la venta, en los procesos que hacemos cada día. Son los pequeños detalles los que hacen que una temporada sea normal, buena o extraordinaria. En todos los mercados tenemos que competir contra nuestro particular “equipo de los Yankees”. Siempre hay uno más grande, más poderoso, con mejores ofertas o precios.
Los grandes se permiten los mejores productos, las ferias más grandes, los mejores regalos para los clientes. Pero es en la lucha de la primera, de la segunda, de cada una de las bases del campo, donde se demuestra si llevas la venta en la sangre.
La atención a tu cliente es vital, primordial. Eso no se aprende en un par de entrenamientos. Es cuando el lanzador te mira fijamente, cuando tomas el bate con todas tus fuerzas, entras en la tienda, muestras tus productos y estás seguro de que vas a ganar esa base.
Antes fichaban a jugadores por ser rubios o por tener una novia guapa. Pero ahora eso no sirve de nada. Si no eres capaz de devolver la bola baja que te han enviado, quedarás eliminado de la carrera, de la venta, volverás sin nada a tu casa, a tu empresa.
Se basaban en su intuición para los fichajes. Pero al final es la experiencia, el saber hacer, los años de que dan unos cuantos zapatos rotos. No es intuición, es el conocimiento de alguien que ha trabajado esquina a esquina, base a base, para ganar su cuota de venta.
Un líder consigue tener un equipo cuando todas las piezas encajan a la perfección. No puede hacerlo solo con estrellas. Eso sólo funciona al principio, pero tu rival gana más carreras que tú, para hacerte perder el partido.
No olvidemos que el ojeador de turno, para ti, es el próximo ferretero de la esquina. Ese sí que tiene experiencia, ese sí que sabe si eres bueno o malo solo con verte. Tiene muchas horas de largas carreras entre las diferentes bases, no tiene nadie que le indique algo que no sepa. Pero tú tienes que lanzar tu bola sin que el pitcher te sople cómo tiene que ir tu lanzamiento.
Sumar es crecer, saber que el resto del equipo te puede ayudar en todo momento. Tu líder, tu entrenador, está para sacar lo mejor de ti. Esa es la diferencia entre un equipo normal o uno muy bueno.
Depende de ti el tomar el bate con fuerza, con confianza, sabiendo que la bola vendrá muy bien lanzada. Sólo tú sabes si vas a ganar tu carrera y, posiblemente, la de tus compañeros.
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