«Un novato no es alguien sin valor ni posibilidades, es una persona que quiere aprovechar sus oportunidades»

No todas las oportunidades llegan cuando uno las quiere o las espera. A veces, vienen sin llamar, sin ser esperadas. Pero esa es la grandeza de las cosas, saber verlas y aprovecharlas.  Por eso, hoy he tomado como ejemplo una película de esta temática: ‘El novato’/’The Rookie’, un filme norteamericano, dirigido por John Lee Hancock en el año 2003.

‘El Novato’ abarca un relato que nos invita a reflexionar sobre los límites de los sueños y las ilusiones. La historia se centra en Jim Morris, un jugador de béisbol que, debido a lesiones, nunca logró llegar a las Grandes Ligas en Estados Unidos. Aunque era un gran lanzador, su hombro no pudo soportar más el esfuerzo. Después de quince años enfrentando ese problema, su vida transcurre en un pequeño pueblo de Texas, donde trabaja como profesor de química y, además, es el entrenador del equipo de béisbol del colegio.

Jim se dedica a mejorar las instalaciones del campo, logrando que tenga césped y un mejor acondicionamiento, mientras pasa muchas noches lanzando bolas para no perder de vista su viejo sueño. El equipo que entrena está formado por chicos sin muchas aspiraciones, que casi nunca ganan partidos y que no saben por qué juegan, ya que parecen seguir en el juego sin que nadie crea en ellos.

Un día, estos chicos le proponen a Jim una apuesta: si logran ganar el campeonato, él deberá presentarse a las pruebas de un equipo de las Grandes Ligas. Aunque parece un desafío difícil, poco a poco empiezan a ganar partidos, acercándose cada vez más a su objetivo. Finalmente, logran ganar el campeonato por primera vez en la historia del instituto, lo que obliga a Jim a cumplir su promesa.

Jim se presenta a las pruebas del equipo profesional, acompañado por sus tres hijos. Impresiona a los ojeadores al lanzar una pelota a casi 170 km/h, algo muy poco común, especialmente para alguien de su edad. Es contratado por un equipo de ligas menores y pasa muchas horas lanzando, intentando convencer a los responsables del equipo para que lo promuevan a las Grandes Ligas

A pesar de dejar su trabajo y su familia en un momento difícil, enfrentando problemas económicos, finalmente llega su oportunidad. Su sueño se convierte en realidad: logra ser lanzador profesional durante dos años en un equipo de béisbol en Estados Unidos. Su familia, impresionada, lo acompaña en esta aventura. Luego, vuelve a su pueblo natal para seguir dando clases y entrenando a los chicos del instituto.

La historia nos invita a reflexionar sobre los límites de las ilusiones y los sueños. Nos hace cuestionar cuándo dejamos de ser útiles en nuestro trabajo o profesión y si esa decisión depende de la edad o de la mentalidad. La mentalidad, la frescura y la pasión están en la mente y en el corazón. ¿Quién puede decidir que ya no podemos lanzar más bolas o conseguir un home run para nuestro equipo?

¿Es la edad la que pone límites o somos nosotros mismos quienes decidimos que ya se acabó el partido? Muchas veces, en la oscuridad, se lanzan bolas con la esperanza de que algún día brillarán a la luz del día. Para lograrlo, hay que creer en uno mismo y en el proyecto que se tiene para uno y para el equipo. Hay que soportar jugar en campos llenos de lluvia y barro, llegar primero a la base cuando nadie confía en que puedas batear, y saber que el verano quema, el invierno moja, y las tardes sin luz parecen interminables en la búsqueda de ese objetivo.

Si crees en ti, sabes lo que haces y persistes, lograrás avanzar de base en base, completando tu carrera y contribuyendo a tu equipo. Pero para eso, el equipo debe confiar en ti, conocer tus posibilidades y saber que lanzarás la bola en el momento preciso para dejar fuera al mejor jugador del equipo contrario. La competencia siempre juega con sus mejores armas, por lo que no se puede esconder la cabeza en el banquillo ni bajo la almohadilla de la tercera base.

Es vital tomar el bate, mirar a los ojos a quien lanza y esperar con todas tus fuerzas para golpear esa pelota endemoniada, enviándola más allá de la valla y logrando que tu equipo gane una vez más. Nadie puede eliminarte del juego antes del pitido final del árbitro. Siempre hay partido, siempre hay una razón para lanzar la bola más rápida y precisa, donde el otro no pueda tocarla.

Al salir a la calle, buscamos ganar carreras y entradas para nuestro equipo. No siempre es fácil: la lluvia enfría el brazo, el barrio puede frenar tus pasos, y en los días más duros, la oscuridad y las dificultades parecen insuperables. Sin embargo, si sabes a qué juegas y en lo que eres capaz, siempre puedes inventar nuevas formas de sortear las circunstancias y sumar un poco más para tu equipo.

Cada persona tiene diferentes fuerzas, energías y motivaciones. Pero no podemos dar por eliminado a nadie hasta que termine la temporada. Dar oportunidades y creer en quienes integran el equipo es la única forma de ganar partidos. Las bolas lanzadas a casi 170 km/h no se logran sin muchas ilusiones y sueños en cada dedo que las sostiene.

Un novato no es alguien sin valor ni sin posibilidades; es alguien que simplemente quiere aprovechar sus oportunidades. La diferencia entre quedar eliminado sin jugar o jugar con intensidad y entregarse por completo para ser campeón, reside en esa actitud. La elección es entre rendirse o luchar con todas las fuerzas para alcanzar la gloria.

Redacción: Bricolador Enmascarado.

Canal Ferretero Brands

No se encontraron posts populares.

También te puede interesar