Hoy quiero hablar de Mi primer año en Oxford, una película entretenida con un mensaje valioso si sabemos apreciarlo. Dirigida por Iain Morris en 2005, cuenta con un reparto encabezado por Sofía Carson, Corey Mylchreest, Dougray Scott y Catherine McCormack.
La historia gira en torno a Anna de la Vega, una joven apasionada por la poesía inglesa clásica. Su sueño es estudiar un máster en la Universidad de Oxford y aprender de una profesora a la que siempre ha admirado. Sin embargo, descubre que esa docente ha sido ascendida y no impartirá el curso. En su lugar aparece un joven profesor, arrogante y encantador, que un día la mojó accidentalmente con su coche deportivo al pasar sobre un charco.
Aunque al principio parece presumido y distante, comparte la misma pasión por la poesía. Poco a poco congenian, se enamoran y él le muestra nuevas formas de sentir la literatura. Pero la felicidad se ve truncada: a él le diagnostican un cáncer hereditario y, pese al apoyo de Anna, finalmente muere.
Tras esta experiencia, Anna decide no regresar a casa para aceptar el trabajo estable —pero vacío de pasión— que sus padres habían planeado para ella. En lugar de eso, ocupa el puesto de su amado en Oxford y se dedica a enseñar poesía, viviendo de lo que realmente le llena el corazón.
Anna decide no regresar a casa para aceptar el trabajo estable —pero vacío de pasión— que sus padres habían planeado para ella
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La poesía de la venta
Esta historia nos recuerda algo esencial: la vida, como las ventas, no se trata solo de números ni de seguir un guion impuesto.
Vender no es repetir informes fríos ni limitarse a cálculos vacíos. La venta tiene alma. Está en cada nuevo catálogo, en cada oferta que preparamos, en cada visita a un cliente. Da igual cuántos años lleves haciéndolo: siempre que entras en una tienda o hablas con un cliente nuevo, sientes esas cosquillas en el estómago. Es el directo, sin red. Es la poesía de la venta.
Vender no es repetir informes fríos ni limitarse a cálculos vacíos. La venta tiene alma
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Vender es enamorarse de un producto. Es darle rima a unas letras, a unos versos que cuentan cómo ese producto puede transformar la vida del cliente. Como en todo romance, hay altos y bajos: un cliente que hoy parece decir “sí” y mañana duda. Nada está asegurado en el proceso de vender, y eso lo hace apasionante.
Cada cliente es diferente. Por eso debemos dar lo mejor de nosotros mismos. De lo contrario, en lugar de ser poetas, nos convertiremos en simples juglares que no emocionan a nadie.
Tenemos muchos manuales, técnicas y guías que nos enseñan cómo vender mejor. Pero, como en la poesía, lo más importante no es lo que lees, sino lo que sientes en cada verso. No dejes que otros escriban tu historia: crea la tuya, haz tuya la poesía de la venta, y deja huella en cada cliente.
Redacción: Bricolador Enmascarado.