En ocasiones nos podemos sentir como si fuéramos en contra de todo y de todos. Hay películas que lo muestran muy bien. Hemos escogido una de hace ya algunos años: The Running Man (Perseguido), un film de EE. UU. de 1987, con un gran reparto encabezado por Arnold Schwarzenegger, María Conchita Alonso, Yaphet Kotto, Richard Dawson, Jesse Ventura y Jim Brown, dirigido por Paul Michael Glaser.
Nos cuenta la historia de un posible futuro, centrado en un polémico programa de máxima audiencia de TV, llamado The Running Man, donde criminales convictos deberán escapar, en un macabro circuito, de sus perseguidores. Se trata de una sociedad en la que existe un Estado totalmente policial, con una censura absoluta sobre la cultura, la televisión y la libertad de expresión. Es la versión moderna del circo de los gladiadores, con la que entretienen al pueblo. En este sádico programa, a los criminales se les promete una ficticia libertad si consiguen sobrevivir a la cacería a la que son sometidos.
El protagonista, Ben Richards, ex piloto de helicópteros, ha sido injustamente encarcelado por una masacre que no cometió. Se fuga de la cárcel, pero es capturado nuevamente, acabando en el programa de televisión. En su huida de la prisión, secuestra a Amber, que más tarde sería acusada de otro falso delito e incorporada al programa.
En su participación en el programa se suman sus dos compañeros de fuga de la prisión. Luchan en diferentes pruebas, matando a todos los perseguidores que intentan asesinarlos.
Finalmente, ayudan a la resistencia a poder emitir un vídeo real de la matanza, en el que se demuestra su inocencia. Del mismo modo, matan al presentador y principal instigador de esta absurda forma de hacer justicia, dando pie a que el pueblo pueda saber realmente cuál es el alcance de la manipulación del gobierno.
Es un poco como el mercado que tenemos hoy en día en la venta. Empresas que lanzan a sus redes comerciales a la lucha desigual de la calle. Sin medios, sin catálogos porque son muy caros. Sin avisar de cambios de tarifas para luego poder aplicarlas a su antojo. Para que sus equipos de venta interna no pierdan ni un segundo en apoyar a sus comerciales, ni mucho menos a sus clientes.
Todo son problemas, todo son inconvenientes. Ante cosas sencillas de hacer, prefieren perder mucho más tiempo en mails inútiles. Se tiene el stock mínimo para afrontar campañas o las ventas que se piden a sus equipos. El principal objetivo no es el cliente ni, mucho menos, prestarle servicio. A la red comercial ni se le apoya, ni se le proporcionan medios, ni la más mínima información, ni mucho menos respuestas a problemas sencillos.
Te lanzan a una carrera donde difícilmente se puede ver la luz al final del túnel. La competencia sabe, cree y juega con todas las ventajas. Este mercado es diferente, necesita catálogos en papel, es analógico. Quieren ver las tarifas en papel, las ofertas frente a ellos. No se miran los mails, no se contestan, ni tan solo por curiosidad. Es inútil enviar información u ofertas; todo aquello que, por desgracia, no se resuelva en una mesa o en un mostrador difícilmente se va a materializar en una realidad positiva.
Llegamos a toda velocidad, sin pensar si llevamos los medios adecuados. No somos conscientes de que el mercado realmente ni nos espera, ni nos necesita, ni está lo más mínimamente interesado en cualquier cosa que les podamos ofrecer.
Somos los últimos, no nos dan la más mínima oportunidad. Ya tienen de todo. No existe ni la más mínima intención o ganas de comprar, especialmente si es algo nuevo. Te dicen que no se lo han pedido, que no lo conocen. Que, si lo tienen que vender, no lo quieren. Que aquello que no les piden o que sus clientes no conocen es mucho esfuerzo.
Pero entonces, ¿cómo se quieren diferenciar de la venta online? ¿Cómo puedes aportar valor a tu negocio si solo despachas lo que te piden? Ni siquiera las farmacias hacen eso, cuando su ganancia real está en la venta cruzada y en la prescripción. No quedan auténticos vendedores ni prescriptores del hogar y el jardín.
Salimos a ese campo abierto, donde nos esperan los perseguidores, los vendedores de la competencia, que ya tienen sus productos desde hace mucho tiempo en las tiendas. Porque, como dice el presentador del terrible programa de televisión del que hablábamos, «les dan lo que quieren, lo que se espera de ellos, porque ya los conocen».
No están para hacer pruebas, siguen con lo que tienen. Compran únicamente las unidades que necesitan para sus clientes, no hacen stock, no innovan, no generan ilusión ni novedades en sus tiendas. Luego se preguntan por qué cada día venden menos.
Has de sortear a todos los perseguidores, con más medios, con más información, con todo lo que el cliente espera. Tú eres ese corredor solitario, que no tiene más que sus propios medios para intentar llegar al final de la prueba, llegar vivo, llegar con posibilidades, sin ayuda, sin apoyo.
Al final, por algún motivo que nadie sabe, llegas a la meta, casi como un milagro. Eres ese corredor de fondo, un último vestigio de una especie en extinción.